08.07.2020

La riqueza cultural del Japón

Pagoda y monte Fuji

La historia y cultura japonesas, constituyen uno de los complejos más ricos del planeta. Permeada por influencias extranjeras siempre ha mantenido sus antiguas tradiciones. Conoce a través de este video los principales rasgos de la cultura de Japón y prepárate para viajar a este maravilloso país.



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Transcripción de Vídeo - La riqueza cultural del Japón

Hola, bienvenidos al videoblog de Paideia Destinos y cultura. Hoy vamos a hacer un especial sobre Japón. Pero esta vez no les voy a mostrar los principales lugares a visitar en este país, sino que haremos un recorrido por sus aspectos culturales.

Aunque de extensión territorial breve, la historia y la cultura japonesas constituyen uno de los complejos más antiguos del planeta y su desarrollo ha implicado más de 10.000 años. País de islas y sismos, alberga construcciones asombrosas, como sus pagodas y santuarios, muchos de ellas dedicadas a Aneterazu, la divinidad solar. Su tradición artística es de una riqueza que asombra a propios y extraños. Nación de tradición y contrastes, Japón nos invita a explorar una de las historias y culturas más ricas de la humanidad. Vamos a verlo.

Su origen de más de 10.000 años se remonta a una sociedad que se ha desarrollado desde los primitivos cultivos de arroz a ser uno de los referentes tecnológicos del mundo.

De profundas raíces religiosas, la sociedad japonesa contempla innumerables deidades dedicadas a la naturaleza y fenómenos celestes. Tanto el sintoísmo como el budismo han permeado todas las clases sociales y han engendrado una cultura particular donde la alabanza, el equilibrio entre mente y cuerpo y la meditación tienen un sitial de privilegio.

Es una sociedad jerarquizada, con una idea de Nación y Estado estructurada con bastante trabajo y tardíamente a pesar de las luchas de clanes familiares que desangraron el territorio. Sus tradiciones, sus kimonos, sus pagodas pueden verse a través de los rascacielos y avances tecnológicos, permeando una herencia cultural rica como pocas.

Muchas de estas tradiciones fueron tomando cuerpo en la larga Edad Media japonesa, en la cual surgen los castillos y los guerreros de antología, los famosos samuráis temidos y admirados por sus códigos de honor. También la singularidad de las características de las viviendas tanto para uso doméstico como para el ejercicio de la espiritualidad creando un diálogo con la naturaleza, en especial con los jardines.

Las reformas políticas, sociales y culturales del período Meiji representan la entrada del Japón a una modernidad que conservará el legado original como una de las más preciadas herencias. Desde entonces, las viejas señas imperiales van a interactuar con las influencias occidentales que enmarcarán nuevas crisis y perspectivas en un siglo XX violento y marcado por guerras mundiales de las que el Japón saldrá con heridas profundas que, no obstante, revertirá con una progresiva democratización de su sociedad y una productividad que parece no tener límites.

Buena parte de la historia del Japón está asignada por la elección de la ciudad capital, emblema de los clanes que en un momento determinado hegemonizaron su poder. En 710, el poder representado en el emperador se estableció en Nara hasta finales del siglo XVIII. En 794 Nara dejará de ser la capital para pasar a serlo Kyoto. Siglos más tarde, en 1603, el shogunato Tokugawa estableció su gobierno en Edo, mientras que el emperador permaneció en Kyoto. En 1868 la ciudad de Edo fue rebautizada como Tokio, que significa capital del Este. La reforma Meiji propició la mudanza del emperador a Tokio lo que la convirtió en la ciudad capital del país.

Las viviendas japonesas tradicionales fueron construidas en función de esta relación entre el individuo y la Naturaleza, en la que el hogar debía contribuir a sostener el equilibrio físico y espiritual de su morador. Las casas tradicionales tienen un sistema muy organizado de cerramientos corredizos que permiten ensanchar las habitaciones según las necesidades. En el piso de las casas encontramos los “tatami” una especie de tapete de paja que son frescos durante el verano y cálidos en invierno. A pesar de la modernidad es relativamente común hallar en las casas por lo menos una habitación cubierta de “tatamis” siguiendo la vieja usanza tradicional. El elemento esencial en la vivienda es la jardinería. Los japoneses levantaron sus jardines como ámbito de reflexión y contemplación.

El arte de la jardinería trasciende los ámbitos domésticos y también los encontramos en espacios públicos. Influenciados por la filosofía y la religión sintoísta. Son construidos a partir de un encuentro equilibrado con el medio natural. Los diferentes modelos de jardín suelen contemplar la presencia de algunos elementos esenciales como el agua y la piedra, formando un equilibrio emocional. Tampoco faltan islas internas, puentes comunicadores, cascadas y piezas decorativas que emergen entre la vegetación, como faroles de piedra y cuencos de agua. Por lo general el jardín es diseñado para simbolizar en una dimensión pequeña un microcosmos ideal. Los jardines de paseo tienen detalles ornamentales que aparecen ocultos entre las plantas y los caminos. Los japoneses desarrollaron sus jardines alrededor de cuatro espacios principales: los jardines paraíso, los jardines de paisaje seco y los jardines de paseo y de té.

La gastronomía japonesa se caracteriza por una serie de elementos que pueden resumirse en tres: dieta sana, con pocas grasas y muchos vegetales; sencillez de los ingredientes y belleza en su presentación. Y como no puede ser de otra manera en un territorio rodeado por el mar, extraen de él toda su riqueza. Todo se basa en complementar al arroz, es decir, el resto de los platos son complementos o secundarios del arroz. Entre las comidas emblemáticas se encuentran el famoso sushi y el sahimi, y entre los condimentos destacan el wasabi y el jengibre.

El Japón antiguo no es una excepción frente a otras sociedades en cuanto al rol de la mujer. Durante la mayor parte de su historia desconoció su igualdad, con roles muy estrictos en cuanto a las más diversas funciones del hogar, el campo y la corte. También llegaban al suicidio ritual femenino conocido como “jigaki” que consistía en rasgarse el cuello con un puñal que llevaban escondido en su kimono, y para que al caer no quedaran en una posición poco decorosa, se ataban una soga alrededor de las piernas para que estas se mantuvieran unidas.

Las geishas merecen una mención especial, caracterizadas como profesionales del entretenimiento artístico. Las geishas eran expertas en música, danza y la narración de historias. Convivieron con sus pares masculinos, conocidos como “kokan”, aunque esta tradición fue paulatinamente decayendo hasta dejar casi exclusivamente el lugar a las mujeres. Las geishas iniciaban su carrera muy tempranamente, guiadas por mujeres experimentadas. Las leyes japonesas son muy claras en que las geishas no son prostitutas y aunque son guardianas de una gran tradición japonesa, esta profesión está cada vez decayendo más.

La cultura japonesa conserva entre sus más caras tradicionales una serie de vestidos que han perdurado por siglos y que aún son utilizados, aunque de manera esporádica y ceremonial. El kimono, tanto para hombres como para mujeres, se presenta en diversas variedades y llamativos colores y decoraciones. También el calzado y el tocado en los cabellos guardan una estrecha relación con las herencias culturales de los pioneros. Por lo general, las antiguas indumentarias precisan una dedicación especial para ser colocados, aunque paradójicamente tienen como principal función la comodidad de quienes las visten.

El uso del kimono se extendió hasta las reformas del período Meiji, en que la occidentalización de algunas normas se extendió por todo Japón. El kimono se ajusta al cuerpo de su portadora en el momento mismo de vestirse y se sujeta gracias a sus diseñados pliegues y la faja u “obi” que se ata con fuerza a la espalda. La tradición señala que el lado izquierdo debe envolverse sobre el derecho, salvo excepciones, como por ejemplo durante el luto. La seda se usa para fiestas y eventos; y el algodón para uso cotidiano.

El Yukata es la indumentaria masculina más ligera y la más formal es el kimono; y las sombrillas constituyen un complemento tradicional. Por lo general eran fabricados con los mismos materiales que los abanicos y el parasol propiamente dicho estaba finamente decorado con pinturas. Los abanicos de armazón de bambú solían estar densamente decorados con pintura y caligrafía, por lo general poemas.

Dentro de las tradiciones más emblemáticas del Japón se cuenta la llamada Ceremonia del Té, conocida como chanoyu, que consiste en la presentación y en la forma de servir y beber el té verde en polvo, conocido como matcha. Esta ceremonia se convertirá en un rito que fue extendiéndose entre las clases acomodadas y los samuráis. Fueron ellos quienes, elaboraron las reglas a cumplir. La esencia de la ceremonia del Té está dada por la impronta del budismo zen para alcanzar la purificación del alma. Está presidida por un monje que además se encarga de servir la infusión con movimientos meticulosamente organizados y en los que cada además tiene un valor simbólico específico. En su conjunto, la Ceremonia del Té reúne en un mismo acontecimiento las múltiples artes japonesas, en una ambientación de contemplación y reflexión. Nada queda librado al azar, desde la arquitectura y decoración de la sala en la que se lleva a cabo el ritual, la poesía que se lee, la porcelana que se utiliza y las composiciones florales que acompañan.

El término Samurái refiere de manera exclusiva a los guerreros del Japón imperial y feudal quienes servían al emperador y a los shogunes. Expertos hombres de guerra, su preparación incluía otras artes, como la caligrafía y la pintura. Por lo general se trataba de personajes ilustrados, provistos de un férreo código de honor y cuyo mayor esplendor se dio en el período Edo. Posteriormente, los avatares del desarrollo del imperio los llevaron a vender sus servicios a hombres ricos, a menara de protección, hasta que sus funcionarios militares se convirtieron en funciones meramente ceremoniales. Su existencia como cuerpo culminó con la restauración Meiji, a fines del siglo XIX. La vida del samurái estuvo regida desde sus inicios por un riguroso código de honor conocido como Bushido que significa “el camino del guerrero.

Su observancia era estricta, aún a costa de la vida del que juraba por él. Si acaso se fallaba en su cumplimiento, el samurái apelaba al seppuku, nombre que se le daba al suicidio ritual, popularmente conocido como harakiri. Los pilares del bushido eran una serie de siete virtudes que consagraban la cualidad del samurái: rectitud, coraje, benevolencia, respeto, honor, lealtad y honestidad, y estaban sólidamente arraigadas a las enseñanzas del budismo y el sintoísmo sobre todo en lo que respecta al estoicismo y la lealtad del combatiente como valores éticos imperecederos.

Una de las expresiones artísticas más conocidas del Japón es el teatro y sus modalidades clásicas se mantienen inalteradas en sus principales características. Destacan especialmente el kabuki y el Noh, cada uno con sus singularidades en cuanto a vestuario y escenografía. También el bunraku, una representación con marionetas. Aunque estuvo por mucho tiempo vedado en el teatro, la mujer tiene un lugar especial en estas manifestaciones. Además del maquillaje y las máscaras, como recurso de alta dramaticidad.

El teatro Kabuki tiene origen a los inicios del siglo XVII, cuando comenzó a realizarse una nueva danza dramática a la vera del río Kioto. Las ejecutantes eran sólo mujeres, que interpretaban también los papeles masculinos. Muy pronto el estilo se popularizó y aparecieron más ejecutantes. Posteriormente las mujeres fueron desplazadas por los hombres, bajo la supuesta defensa de la moral de aquellas.

El teatro Noh es un drama lírico que tiene su origen en la confluencia de las danzas rituales, los escritos budistas, la poesía, la mitología y leyendas populares. Entre las características de su representación, destaca la presencia de sólo dos actores y la lentitud de sus movimientos, siempre al son de la música.

De origen milenario, se admite que el sintoísmo es la religión más antigua y tradicional del Japón. Su nombre remite al “camino de los dioses” y su sistema de creencias se sostiene en la adoración de divinidades de la Naturaleza o “kami”. Estas divinidades, jerarquizadas en mayores y menores, son desde una piedra hasta el Sol o cualquier astro celeste. De hecho, hay miles de “kami”, algunos de ellos de exclusivo culturo regional. Como toda religión, el sintoísmo tiene sus capillas, templos y rituales de culto que llevan adelante sacerdotes. El Torii es su símbolo distintivo, y se halla a la entrada o en las cercanías de cada santuario. Sin duda, la divinidad más importante es Amaterasu, la diosa del sol.

Se llama Torii al arco tradicional japonés que se suele hallar en los accesos a los templos sintoístas. Su construcción es sencilla y por lo general se trata de dos columnas sobre las que se ubican dos arcos. Los materiales que se emplean para su realización son variados, aunque predomina la madera y la piedra. Su función es la de separar el mundo profano del mundo espiritual. Los torii son símbolos de prosperidad, fe, esperanza y buena suerte. Por otro lado, alejan los espíritus negativos.

Por lo general los templos eran consagrados a diversas figuras y espíritus de la naturaleza, así como también a objetos animados o inanimados de carácter puramente local o universales. Cada santuario tiene un “honden” o capilla principal, en la que se halla un objeto de culto o “shintai” que supuestamente contiene el “kami” o divinidad al que el templo está consagrado. La práctica del sintoísmo implica el lavado de los cuerpos de los creyentes en las cercanías del santuario, una ceremonia de inconfundible sello ritual y purificador conocida como “misogi”. Con el paso del tiempo, la práctia del “misogi” ha variado, y en la actualidad se remite casi exclusivamente al lavado de manos y bocas en una instalación especialmente dedicada a ello en el mismo santuario.

Aunque fundado en la India, el budismo no tardó en propagarse por Oriente, ingresando en el Japón por mediación de sus fieles chinos y coreanos. Uno de sus principales cultores y difusores fue el príncipe Shotoku, quien incorporó su práctica y tradiciones en todo el reino. Centrado en un ejercicio espiritual de contemplación, el budismo japonés exhibe en el Nirvana el objetivo supremo de todo fiel que ha alcanzado el esplendor del equilibrio emocional y corporal. Practicado en multitud de templos y santuarios, le son comunes el rezo de mantras, las peregrinaciones y la más reconcentrada meditación.

El budismo dio sus primeros pasos en Japón hacia el siglo VI. Desde entonces, su suerte estuvo marcada por las preferencias de las diferentes dinastías y emperadores, quienes le dieron mayor o menor estatus formal, es especial por sus diferencias con el sintoísmo. Aunque perdió apoyo gubernamental en las últimas décadas del siglo XIX, durante el período reformista Meiji, conoció un reverdecer tras la Segunda Guerra Mundial. Los templos o pagodas, constituyen el recinto sagrado por excelencia de los budistas. En ellas concentran sus reliquias importantes, por lo general en la base de la columna central. Hasta estos templos peregrinan los fieles para luego descalzarse y arrodillarse frente a un altar de Buda para comenzar sus rezos.

Los japoneses ven en su emperador mucho más que un cargo supremo o un título de nobleza único. El emperador es una correa de transmisión entre los intereses humanos y los dioses, ya que se le considera descendiente directo de Amaterasu, la diosa del sol, principal deidad del imperio. A través del emperador, los japoneses también rindieron culto a una organización jerarquizada, autocrática y representativa de culturas tradicionales, de las que el propio emperador era su más fiel representante y custodio. Entre las múltiples reformas introducidas durante la hegemonía Meiji destaca la consagración del sintoísmo como religión oficial y fue justamente esta reforma religiosa la que desplazó al emperador como una divinidad celestial, reubicándolo como un ser terrenal que, igualmente, debía ser objeto de culto, aunque ya sin considerarlo descendiente de Amaterasu. El actual emperador, desde 2019, es su majestad imperial Naruhito quien junto a la emperatriz Masako tienen sólo una hija. Esto ha planteado un debate sobre la línea de sucesión que sostiene que sólo un varón puede acceder al trono del Crisantemo, con lo cual ahora el futuro sucesor podría ser un sobrino del emperador, el cual actualmente tiene solo 13 años.

Japón tiene una rica tradición en una serie de prácticas físicas que originariamente fueron concebidas como artes guerreras, aunque siempre relacionadas con una espiritualidad generada a partir de la disciplina. El sumo es quizás la más antigua de ellas y pervive en la actualidad como un deporte nacional de notable aceptación popular. Entre las artes marciales de ataque y defensa más conocidas, destacan el yudo, el karate, al aikido y el kendo, todas ellas con escuela diseminadas en todo el mundo y con millones de seguidores.

Los orígenes del sumo se remontan a milenios atrás y suelen estar asociados tanto a tradiciones mitológicas como a ritmos sintoístas y agrarios. Entre las versiones más difundidas está aquella que se refiere al combate entre los dioses Takemikazuchi y Takeminakata, en las inmediaciones de las playas de Izumo. El triunfo del primero determinó que el originario pueblo japonés pudiera diseminarse por todo el territorio. Incorporado como práctica guerrera hacia el siglo XII, fue adquiriendo cada vez mayor carácter popular, hasta convertirse en el deporte local más emblemático.

El karate de origen moderno, comenzó a popularizarse en los inicios de la década de 1930, a partir de una serie de prácticas de combate ejercitadas en Okinawa. En términos de objetivos, el practicante de karate busca desarrollar técnicas de autodefensa. La práctica sin armas deviene de la prohibición de utilizarlas en su lugar de origen.

El Kendo es el arte marcial tradicional por excelencia del Japón ya que nace y se desarrolla durante el periodo Kamakura, en el que los clanes guerreros samurái hicieron del uso de la espada su mayor virtud. Actualmente en su práctica se utilizan espadas de bambú.

En líneas generales, puede decirse que el rasgo original del Japón se enfrenta a dos grandes tendencias contrastadas. Desde el siglo VI hasta mediados del XIX se vio inmerso en la influencia de la civilización china. Después de 1854, la acelerada modernización dispuso a Japón a recibir la poderosa influencia de Occidente industrializado.

En la primera etapa, la incorporación del budismo chino es una muestra de la gran permeabilidad de la cultura japonesa. Las dos escuelas principales del budismo Chán chino, llamadas “linjí” y “cao-dong” se transformaron en el inconfundible Zen japonés, que no deja de multiplicar su cantidad de seguidores, especialmente en el mundo occidental.

El Zen parte de una postura corporal llamada “shikatanza”, que es la de sentarse en “posición de loto”. El sentarse de este modo es el comienzo de la meditación. Al practicante se le pide que asuma una actitud de atención constante pero tranquila. De este modo, el individuo se libera: ni piensa ni deja de pensar. No adhiere ni rechaza. Este sereno y atengo “vaciamiento” lleva al practicante del zen a descubrir su naturaleza búdica esencial.

En cuanto a la segunda etapa, la de la poderosa influencia occidental, basta observar el vertiginoso desarrollo tecnológico del Japón actual, cuyo elemento emblemático es sin duda, el microchip.

Sin embargo, del encuentro entre el Japón ancestral y Occidente, hay pocos registros más sublimes y universales que el plasmado por Giaccomo Puccini en su “Madame Butterfly”, ópera que se salda con un suicidio, pero también con un hijo como símbolo de un nuevo ser.

En el siglo XVII, durante el período Edo, floreció en la pintura la llamada Escuela Nanga, que quedó para Occidente como la más representativa del Japón. Los artistas japoneses enrolados en esta tendencia -de clara inspiración zen- querían mostrar en sus obras el ritmo que ellos sentían en la naturaleza, más que reflejarlo de manera realista. En su afán por conseguir una gran síntesis expresiva, apelaban a todo tipo de expresiones estéticas, en especial la pintura, la caligrafía y la poesía. Las pinturas nanga o bujinga siempre representaban motivos tradicionales. Los artistas se centraban exclusivamente en los paisajes y en ellos ponían especial énfasis en los árboles, las flores y los pájaros. El añadido de poemas o inscripciones al cuadro es un elemento característico de este estilo, y tradicionalmente, eran realizados por amigos del artista, que se convertían así en partícipes de la creación artística.

Afianzadas como expresiones de su profunda religiosidad, la música y la danza japonesas han evolucionado bajo la influencia del sintoísmo, el budismo y la posterior apertura Meiji. Ya desde tiempos remotos la música y la danza folclórica revestían un carácter religioso. En el siglo VIII surgió una música dedicada a la vida cortesana, conocida como “gagaku”, y en los inicios de la Edad Media japonesa prevaleció una composición para el teatro dramático y el “kabuki”, originándose a la vez las formas tradicionales de la danza. Entre los instrumentos predominan el laúd, las flautas y los de percusión.

El origen de la danza tradicional está estrechamente ligado al “kabuki”, que es la base del teatro local. Uno de sus estilos más destacados es el llamado “nenbutsu”, en el que los bailarines realizan su interpretación sin otra decoración que la de su propia indumentaria, como una declaración de abandono a los superficial de lo terrenal y un acercamiento a lo celestial.

Durante los múltiples festivales estacionales, los bailarines interpretan la música religiosa al son de tambores, carracas y flautas, intercalando la danza con cantos y aclamaciones a las divinidades. Cuando se trata de música budista, son usuales la ornamentación y el tañer de campanas, y las interpretaciones suelen ser en sánscrito, chino o japonés.

Dentro de la cultura japonesa también encontramos los masturis rituales, que son festivales emblemas del culto sintoísta con carrozas, representaciones naturales y ofrendas. El festival de la Nieve es sin duda uno de los más atractivos espectaculares del Japón. durante su celebración se exhiben grandes estructuras creadas a partir de hielo y nieve, con complejas formas que destacan por su perfección. También está el festival de las Edades, una celebración que conmemora la rica historia de la ciudad de Kyoto.

Los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo acerca de por qué el Japón, un archipiélago situado en el Extremo Oriente, ha logrado ejercer una influencia tan grande en la cultura universal. Pero todos coinciden en que la impronta intelectual y artística japonesa en todo el mundo es un hecho innegable. Las islas japonesas han sido el escenario de un verdadero crisol de diversos pueblos que arribaron al archipiélago en diferentes épocas y procedentes de distintos lugares del continente asiático. A lo largo de su historia, esta fusión ha generado un pueblo dotado de un alto grado de homogeneidad, el suficiente como para diferenciarse de sus vecinos continentales en relación al tipo físico, la religiosidad y la estructura política.

Cuando a mediados del siglo XIX, los viajeros europeos y estadounidenses pusieron su mira a las lejanas islas del Japón, difícilmente se podían imaginar que un siglo después, la legendaria “Tierra del Mikado” se convertiría en una de las principales potencias del mundo moderno. Precisamente, debido a las diversas vertientes que la nutrieron, la cultura japonesa muestra tantas posibilidades de adaptación a los cambios históricos, sin perder su inconfundible identidad.

Este ha sido un brochazo muy general por la riquísima cultura japonesa pero que nos sirve de abrebocas y preparación para un inolvidable viaje al Japón.

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Hasta un próximo video.

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